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lunes, 21 de febrero de 2011

El marido de mi mujer

Hoy tuve un sueño extraño: soñé con mi mujer, bueno, mejor dicho, con mi ex- mujer.
soñé que estaba con la Susanita, esa chiquilla riquísima que está en mi curso de literatura peruana y que se nota que quiere conmigo.
el otro día hasta me enseñó sus poemas, unos poemas malísimos por cierto. no había leído cosas tan estúpidas y asquerosamente huachafas desde la época en que paraba con la gente de Hora Zero, ¡esa gente, carajo!, pero qué chucha, así se empieza, y luego qué rico. que agarre confianza nomás y hasta mudita la voy a dejar, sólo va a abrir la boca para gritar y para ¡ahhh!...
bueno, sin más cháchara, anoche soñé que estaba con la Susanita y con una vieja ciega a la que ella llamaba tía, estábamos todos sentados en una mesa larga de madera con unas ropas ridículas, supuestamente trajes de la edad media, porque la tía, que también había enseñado literatura, pero literatura española, y que estaba medio loca, se creía uno de los personajes del Mío Cid, obligaba a todos a vestirse de esa manera, al menos a la hora de comer.
francamente no sé por qué demonios le hacían caso, si la vieja era ciega; pero, total, era un sueño, así que vale todo, ¿no?, la cosa era que durante toda la comilona me la había pasado calentado a Susanita por debajo de la mesa con la punta de mi pie descalzo, cuando de pronto la muy puta se sube a la mesa, se sienta delante de mi y se baja los calzones, al toque me le aventé encima, qué me quedaba, pues, eso si, todo con mucho respeto, ni un gemido como para que la tía no se dé cuenta y siga recitando nomás sus cantares del Cid.
me costó taparle la boca a la niña que casi me arranca un dedo. de pronto, cuando estoy a punto de darla, levanto la cara y estaba mi mujer, digo, mi ex- mujer, vestida de camarera de los años sesenta como las que hay en Los Años Maravillosos, un restaurante de San Isidro al que le gustaba que la llevara para sus cumpleaños. ahí nomás, de verla, de puro susto y algo así como vergüenza, se me muere. Susanita me reclama, me pide que siga, que no me detenga -¿qué?- le pregunto distraído, me aprieta contra su cuerpo, pero no puedo, mi ex-mujer se caga de risa -ya no eres el mismo- me dice, creo que sólo yo la escucho. la perra de Susanita desesperada. pobrecita. retorciéndose en la mesa de lo arrecha que la dejé. es lo más triste que he visto en los últimos tiempos, si los sueños cuentan. una mujer abandonada a mitad de orgasmo.
por que habré soñado eso, será por lo solo que me encuentro últimamente, será que he empezado a extrañar a María Cristina.
mañana serán ya dos años y medio desde que nos vimos la última vez cuando salió la sentencia de nuestro divorcio. que extraña me suena la palabra nuestro.
en realidad ya nos habíamos encontrado en la presentación de un libro de poesía de un amigo común, pero eso no vale, con la justas nos saludamos.
pensé que no iba a afectarme si la veía, pero ese día casi vomito el corazón. -qué pasa hombre- me preguntó Ramón, "Sábado" que era como lo conocíamos los de la patota de la universidad porque para él todos los días eran sábado, -has visto un fantasma o has estado chupando anoche, mira como te tiembla la mano huevón- yo no podía desprender la vista de María Cristina, pero para sacármelo de encima le contesté que había visto al fantasma de Julio Ramón Ribeyro afuera y lo dejé riéndose de mi y haciendo un escándalo de putamadre entre los periodistas para ir a perseguir al fantasma ¡que laberinto!. Sábado sigue siendo el mismo. no es mi problema.
ella estaba muy guapa. mucho mejor que cuando vivíamos juntos, mucho mejor que cuando estaba conmigo, yo la conducía a la mediocridad, o sería simplemente que el convivir con alguien te resta el deseo y esa separación había logrado que ese deseo renaciera. Moraleja: no volver a convivir con nadie, tirarse a la vecinas nomás o convertir a las tiraditas en parte de la vecindad, mejor lo primero que lo segundo. pero no convivir.
me acerqué a ella. me quede mirándola. ella se sorprendió al verme -que bien estás, estás muy guapa Mari- le dije -no me llames así quieres- me contestó -pero a ti... ¿qué te ha pasado?, te ves muy mal, se te cayó más el pelo, engordaste, no sé que tienes pero te noto diferente. me bajó los ánimos. pasó un ángel. -qué tal- me preguntó por compromiso, creo que se dió cuenta de lo ácida que había sido conmigo -llegaste a terminar tu tesis-
-si, si claro... hace tiempo
-conmigo a tu lado jamás la hubieras terminado ¿no?
-qué dices Mari...
-ya te dije que no me llames así
-bueno pero por..- me interrumpió -perdón- dijo, se levantó con esa elegancia que nadie se la quita aunque la metieran en un campo de concentración Nazi y la dejaran calva, le dio la mano a un tipo con cara de imbécil que se acababa de acercar. se fueron del brazo hacia la calle. miré hacia los lados. nadie se ganó con el desplante -que suerte- pensé.
pasaron diez minutos. salí a la calle también. además había mucha gente ahí que no me soportaba para nada, es que la gente no acepta las críticas y no entienden que ese era mi trabajo en el periódico, por supuesto Sección Culturales. mediocres de mierda.
salí, me fume un par de cargaditos. me sentí solo, pero no tanto como hace un rato entre tanta gente, solo, pero no tanto como cuando traté de hablar con María Cristina. horrible encuentro.
de eso ya como ocho meses. volvía a soñar con ella después de ocho meses. cómo pasa el tiempo.
seguramente está viviendo con ese huevón, por eso ella quería tanto el divorcio. obviamente moría por casarse con ese huevón, ella no es de las que conviven así sin más ni más, menos sin tener una ley que la respalde. toda una bruja. menos de las que simplemente tienen sus pichanguitas sin mayores compromisos. aunque no creo, ella tiene mejores gustos, se casó conmigo, bueno también se divorcio. que mujer tan voluble o yo la dejé (¿?)
ni me acuerdo por qué no pudimos seguir viviendo juntos. creo que era muy celosa, de todo me jodía la pita. locuras de las mujeres, de todo sienten celos. DE TODO. hasta cuando uno se la corre frente a ellas, creen que es porque uno tiene por ahí a una tal Manuela y con eso la recordamos, no entienden que es por puro gusto.
debí nacer cabro ¡carajo!, como el Gonzalito, ese huevón o mejor dicho ese huevas tristes, si que no se hace problemas, la pasa fenomenal de loca.
me ha provocado ir a verla. supongo que las cosas para ella no fueron fáciles, pero después de tanto tiempo ya debe habérsele pasado la cojudez y ya debe tener las cosas bien claras, porque el que yo la visite no quiere decir que quiera regresar con ella ¿no? es verdad que le tengo cariño, pero ahí no más, que se me baje del micro. no la amo ni la amaré nunca.
me da rabia que no le baste que la quiera, cuál es la diferencia. EGOCÉNTRICA.
debimos tener hijos, ella nunca quiso, -¿y mi carrera?- me decía, puras artimañas para no atarse más a mi.
y si me bota de su casa. bueno, al diablo. quiero verla, somos adultos, que frase para estúpida, pero cuando se saca de la manga siempre resulta.
que delicioso olor a mar, me altera un poco, sólo un poco. todo está bajo control huevón, no te me emociones.
me enfría las entrañas, siento como si el corazón se me hubiera desprendido de donde se supone que está sujeto y cayera hasta donde están mis intenstinos, llevándose de encuentro todos los órganos que están entre ellos. osea ya no tengo ni estómago, ni hígado, ni páncreas, ni nada. todo lo tengo revuelto. soy una masa que avanza sin saber hacia donde.
creo que por fin el cargadito me ha empezado a hacer efecto. en este mundo hay que estar loco o drogado para poder vivir.
hay pocos carros, tendré que volver a casa a pie, eso está bien. adoro caminar, pero detesto cuando los cabros como los que están en la esquina empiezan a ciriarme. PUTA, últimamente tengo más acogida entre los cabros que entre las mujeres. no digo, debí nacer cabro. QUE ASCO, que huevadas estoy pensando. María Cristina que linda que eras. la tajada de luna que veo me hace recordar tu sonrisa, bueno cuando te reías ¡maldita! porque ahora estás más amargada que esas hierbas de Hercampuri que tomabas para adelgazar. ya no eres la de antes.
por qué me trataste así en la presentación ¡pedazo de estúpida! dónde estarás, a dónde te habrás ido con ese huevón ¡carajo!.
la pasividad de la madrugada celeste, casi turquesa, me la quiebran junto con mis lentes una manada de pitucos mal paridos que pasan en su auto. uno de ellos, sólo porque le provoca, saca medio cuerpo; si se le puede llamar cuerpo a esa porquería de gelatina colorada que está más que envuelta, escondida seguramente de pura vergüenza en una camiseta; por la ventana y me da con un puñetazo en plena cara. ¡Puta madre!.
recojo mis pedazos de lentes y de cara y comienzo a caminar más rápido hacia casa. sólo ahí puedo estar a salvo. Lima de mierda, vida de mierda.
mi paso apurado, ultraviolento me hace recordar la música de Rata Blanca, ese grupo argentino que Paco, mi vecino, siempre escucha a todo volumen y que hace poco me prestó como garantía de una botella de pisco que me pidió, según él para cocinar.
seguramente que él ni por enterado que todo el barrio notó que había armado una orgía en su departamento.
las viejas estaban haciendo bochinche al día siguiente para echarlo de la quinta. las brujas querían que firme una carta de reclamo contra el pobre huevón, yo no quise, no es mi problema. además, si se va quién me va a devolver mi botella. la verdad, no quiero que se vaya, es que es el único tipo más o menos interesante con el que se puede hablar de vez en cuando.
apuro más el paso. la música de Rata Blanca me invade la sangre "...No seré uno más, nunca más / vos me diste libertad..." pero hace tiempo que sé que soy uno más, y lo peor que no sé bien que hacer con mi libertad. María Cristina, en que me has convertido.
por fin en casa. por fin a salvo.
entro. me tumbo en la cama, sólo me saco los zapatos que ya me estaban reventando los uñeros y me arranco la corbata prácticamente con todo y cabeza. duermo, espero no volver a soñar.
una timbrada me despierta, carajo por qué tiene que durar tan poco la noche y el día ser tan largo, no he dormido nada. me cago de sueño todavía.
arrojo el despertador tratando de apretarle ese botoncito verde; que nunca encuentro cuando todavía tengo los ojos opacos y pegotes por la legañas; que hace que se calle. pero la timbrada sigue.
era el teléfono. pobre despertador, por las puras pagó pato. quién carajo será a esta hora. ¡Aló! ¿quién? -hola soy yo... sería posible que nos viéramos...?
-¿María Cristina?
-no... perdone la hora, soy Susana, Susana Ríos, la de la clase de literatura peruana, usted me dio su número... me dijo que lo llamara cuando quisiera, cuando lo necesitara.
-Ahhh, si Susanita que tal, qué hora es- me froto los ojos.
-ya es medio día y lo llamaba para saber si sería posible que almorzáramos juntos y tal vez pueda comentarme algo sobre las cosas que le di para que leyera...
-Ah si Susanita, mira la verdad, es que ahora me es imposible... qué tal si nos encontramos mañana a eso de las 8 de la noche, en el cafetín ese nuevo que han puesto por la Plaza San Martín. bueno, si no es muy tarde para ti ¿si? ahora tengo una reunión con los del Decanato- la verdad, no tengo ganas de verla.
-claro profesor, no hay problema... como usted diga, chau
-chau.
-AY Susanita- pienso -si supieras el sueño que tuve y un fugaz sentido de culpabilidad se me viene.
me despertó, pero en fin. buena manera de empezar el día, es una pena que esté loquita por mi, justamente ahora que tengo la cabeza en otros asuntos más de gente mayor.
ya que tengo el teléfono en la mano no puedo evitar llamar a Mari.
el teléfono suena tres veces, alguien levanta el fono y yo cuelgo. que cobardía. ahora no podré llamarla si no sabrá que fui yo y se reirá de mi igual que en mi sueño.
suena el teléfono. Lo levanto. -¡ALÓ!- grito como molesto -Tito?- me pregunta la voz al otro lado -¿quién es?- hace tiempo que nadie me llamaba así, y no era la voz de mamá, a no ser que me llamara del más allá, a lo mejor era otro sueño o peor a lo mejor ya estaba muerto y yo ni cuenta. -Tito soy yo, María Cristina- continua la voz -Mari..., perdón ya no te gusta que te llame así- le digo en tono de cachonda -la última vez que nos... -no, me encanta que me llames así, pero sólo entre nos, tu sabes... la gente escucha ciertas cosas y ya está inventando cosas que no son, -bueno si-, le contesto un poco cortante. para adivinanzas ya está bien -qué pasa algún problema- le pregunto -no, no... sólo quería saber como estabas, y saludarte por tu cumpleaños.. -ah gracias-, ni había reparado que era mi cumpleaños, felizmente colgué el fono, hubiera pensado que estoy tan necesitado que tengo que llamarla para que me salude. -no sé... hace tiempo que no nos vemos, po...- continúa pero la interrumpo -Mari he pensado mucho en ti en estos días, crees que podamos vernos- le pregunto, -¡claro!, digo si...- noto que está emocionada también pero no quiere que se le note. -ven a la casa, digo a mi casa ¿puedes hoy? cómo a las siete- me dice -me encantaría, -pues vienes entonces, chau. -chau Mari... Me desinflo del gusto.
el día se me pasa lento. las clases, felizmente tengo clases, luego aplano calles un par de horas buscando libros, matando el tiempo. un rato en la biblioteca. me meto a un cine casi vacío a ver una película que ya estaba comenzada y que era de lo más extraña. sobre un tipo divorciado que quiere regresar a toda costa con su ex- mujer y por eso decide hacerse una cirugía plástica con la cara del amante de la mujer a quien el odia por haber sido el causante de su separación y que es en la actualidad su esposo.
ya son las siete, dejo la película sin terminar para ir donde Mari como acordamos.
toco el timbre de la casa. me da mucha nostalgia. pensar que hace dos años y medio atrás tenía la llave de esa casa, tenía la llave de todo o por lo menos me creía eso.
ella se sorprende, pero se alegra por mi puntualidad. era algo que de casados siempre me exigió y yo nunca pude cumplir. como que uno se revela contra las cosas que se nos quieren imponer sin darle mucha importancia si en realidad nos convendría el cambio o no.
escucho un llanto. guardo mi arremolinamiento de palabras, siento que se me salen los ojos. -un momento- me dice -es Camila, debe tener hambre, es una niña linda, ven para que la conozcas.
la casa, nuestra casa ya no es lo que era, ya no es nuestra tampoco, es cierto. está totalmente distinta, la desconozco. me siento intruso.
sigo a Mari, entramos al cuarto de Camila. me quede mudo, era linda, igual a ella pero en miniatura.
lloro igual que Camila. no puedo evitarlo, aprieto los ojos para que no se me escapen las lágrimas pero igual lo hacen. siento vergüenza. los dos lloramos de hambre pero de diferentes tipos de hambre.
Camila se calma en los brazos de su madre y se reacomoda en la cuna. me calmo también, pero nadie me acuna. -sería mucho pedir- me pregunto.
María Cristina me cuenta que su marido -el tipo con cara de imbécil con el que fuiste a la presentación en la que nos encontramos- le pregunto -ese era un imbécil, pero su hermano no y él es mi marido, es agente viajero- le digo que igual debe tener cara de imbécil total son hermanos y hay cosas de familia que no se pueden dejar de lado. ella se enoja un poco conmigo pero no tanto, ya conoce lo bestia que soy para hablar a veces.
saca una botella de vino y comenzamos a beber. se supone que festejamos mi cumpleaños.
se divierte muchísimo con mis aventuras o al menos eso creo, ella siempre fue muy buena anfitriona. me siento muy bien a su lado, tiene muy buen sentido del humor, me hace recordar uno de los detalles que hizo que me casara con ella.
ella también me cuenta lo suyo, parece que el tiempo que estuvo sin mi le sirvió para sacarse un gran peso de encima y comenzar a vivir.
me siento su amigo, sé que siente lo mismo. la pasamos brutal. nos acabamos la botella y sin querer o bueno si queriendo, lo confieso; pero en todo caso sin planearlo, terminamos haciendo el amor.
la ventaja que encuentras con amores que no son improvisados es que ambos sabemos por donde atacar.
me conmueve mucho saber que no se olvidó de muchos detalles que me gustaban, y es recíproco. tengo miedo de pensar que pasará después de esto. mejor no pienso.
noche maravillosa. me despido. se me ocurre que ella si sabía que esto pasaría, antes no lo hubiera pensado, pero es que ella ha aprendido mucho, es un mujerón, sabe por donde pisar. la admiro más que nunca. me he vuelto a enamorar.
debo olvidar esa noche, ella lo va hacer. fue sólo una travesura suya como para demostrarme que es una mujer diferente. en realidad ella sólo se está probando algo a sí misma que no sé que es, pudo haber sido otro huevón, por suerte o por mala suerte fui yo o tal vez soy ya el enésimo huevón con el que anda probándose a si misma algo.
"no pensar" esa debe ser mi consigna. me repito "no pensar" mil veces como autoconcientizándome. total no se volverá a repetir, su marido que es agente viajero vuelve mañana.
salgo de su casa y me pregunto si querrá seguirme viendo. tal vez deba hacer lo de la película que vi por la tarde, eso de cambiarme la cara por la cara del marido actual y convertirme en su amante, pero no tendría suficiente dinero para una operación de ese tipo. también se me viene a la mente otra película, Tarde de perros y si asalto un banco para tener dinero para mi cirugía facial. saco cuentas sin percatarme de mi realidad como si estuviera sonámbulo. me froto la cara para despertar. -que huevón- me digo riéndo y me voy a casa.
pensé de veras que no volvería a verla. pero qué culpa tengo yo si su marido sale tan seguido, qué culpa tengo si, cada vez que él no está, ella me vuelve a llamar y yo salgo corriendo como un perrito.
desde ese momento no he dejado de verla. vaya regalo de cumpleaños que me dio la canalla. estoy enamorado nuevamente de mi ex- mujer, mejor dicho de mi mujer y por suerte, más que para mi para todas las mujeres en general, no tuve que hacerme la cirugía y ponerme la cara del imbécil del marido de mi mujer.

Lince

Juan Solís pintaba delicadamente sus uñas con un pincelito de manicurista. Su delicadeza no era la del amaneramiento de los maricas y travestis que revoloteaban en la calle donde quedaba su pensión. Tenía más que ver con la paciencia –o quizá con el adormecimiento– de quien tiene tanto tiempo a disposición que empieza a creerse eterno.
Faltaban tres días para su cumpleaños número veinticinco. Se lo hizo recordar la tarjeta que habían metido por debajo de la puerta. Era un saludo de cumpleaños. Nadie más que el banco en donde guardaba, hasta hace algunos meses atrás, unos pocos ahorros, habría sido capaz de recordarlo.
Dejó de pintarse las uñas. La pintura se le había acabado y el sonido del sobre, deslizándose por debajo de la puerta, lo había despertado de su letargo.
Se acercó, entonces, a su catre a llenar su pequeño frasco con más pintura.

A Julietita nunca le gustaron los escándalos. Desde muy joven había sido recatada.
Julietita vivía con su hermana, los hijos y los nietos de esta. Acostumbraba a dar una vuelta por el barrio todos los días entre las diez de la mañana y el mediodía.
Los transexuales que trabajaban en la calle donde estaba el hotel Ibiza, ubicado frente a la casa de Julietita, la cuidaban. Sobre todo “La Janis”, la faite del lugar y el puto más duro y más antiguo. Aunque no había mucho qué hacer porque Julietita siempre había sido muy querida por todos.
A Julietita le gustaba fisgonear desde una ventana de su cuarto lo que sucedía en la calle. Se excitaba oliendo su propia ropa interior mientras espiaba las empiernadas callejeras de las parejas eventuales.

Pero un día a Julietita se le ocurrió preguntarse que se sentiría tener a un hombre haciéndole todo aquello que veía. Ocurrencia que le había llegado a una edad que, según comentarían las vecinas a la prensa, resultaba “bastante impropia”. Tendría, quizá, ochenta años, para entonces, o algo más.

Juan Solís iba al mercado que estaba a la vuelta de su casa, en la misma manzana. No tenía un día definido para ir de compras. En realidad, jamás había tenido definido nada. Iba por víveres solo cuando el dinero y el hambre correspondían entre sus posesiones.
Julietita, en cambio, lo hacía todos los días. Ese jueves compró unas rosas para llevar a su casa y, como siempre, se quedó parada en el umbral de la puerta del mercado viendo pasar a los autos.
Solís pasaba por la misma puerta cuando un hecho fortuito hizo que la bolsa del arroz se le rompiera. “Comida con tierrita, no deja de ser comida”, se dijo y comenzó a reunir los granos de arroz, mezclados con algo de la suciedad de la acera, para meterlos en los bolsillos de su saco.
Julietita se acercó al muchacho y, amable como siempre lo había sido, se presentó con una formalidad de otros tiempos. Él no respondía, no le interesaba lo que la anciana le dijera, pero algo de aquello se le quedó resonando en la cabeza: “almorcemos juntos. En mi casa no hay nadie durante las tardes. Me dejan una olla de comida que puedo compartir contigo… vivo aquí cerca”.
Solís pensó que vivir un poco a la vieja no le vendría nada mal, y que con algo de paciencia podría tomar, de vez en cuando… solo de vez en cuando, algunas baratijas para vender y agenciarse de algún dinero que le permitiera alimentarse mejor de lo que hasta ese momento lo había hecho. El hombre aceptó a la primera la invitación, y más rápido que pronto se le hizo costumbre.

Juan Solís sentía indignación y hasta un odio psicótico cuando pasaba por la calle donde quedaba su pensión. Los putos lo molestaban con ofrecimientos que a él le resultaban nauseabundos, en especial “La Janis” que cada vez que lo veía pasar sacaba su larga lengua y la movía eléctricamente como si fuese la de una serpiente olfateando el ambiente.
Hace mucho que Solís no estaba con una mujer. Después de la última novia –si se puede considerar así a una chica a la que se le invita todos los sábados al cine hasta que ella decide irse a vivir con otro– Solís solo había pagado por sexo. Le resultaba más práctico y con un destino más transparente y menos doloroso. Pero desde aquello, también, había pasado demasiado ¿diez meses? ¿un año? ¿dos? Ya había perdido, realmente, la cuenta.

A Julietita le gustaba contar mentiras. Le había dicho a Solís que su familia era dueña de una fábrica de zapatillas y varios inmuebles. En verdad no mentía, solo se le mezclaban realidades de otras épocas con sueños inconclusos, quizá de ella, quizá ajenos.
A la anciana le gustaban las flores y le pedía a Solís que se las regalara. Él las recogía del cementerio que estaba a unas cuantas cuadras del barrio. Estaba solucionando sus problemas de alimentación y a veces, incluso, de vivienda. Julietita tenía ahorros y no dudaba en darle dinero si él lo necesitaba. Ella lo creía, ingenuamente, su novio.
A Solís, sin embargo, le daba asco la vieja. Su olor ácido, su aliento fétido, su estúpida conversación lo enloquecía hasta el punto de no poder dormir por las noches. La sensación de estar oyendo, todo el tiempo, la ronca y quebrada voz de la anciana lo sobresaltaba. Solís hubiera preferido cogerse a uno de esos putos que tan encabritado lo tenían, pero temía que lo robaran.

Dos meses después de las diarias visitas a comer, Solís y Julietita decidieron ir al cuarto de él. Solís la había engañado diciéndole que la llevaría a su casa para ser él quien, esta vez, invitaría el almuerzo. La verdad es que buscaba hacerle firmar la carta poder para empezar a cobrar la pensión que el Estado le pagaba a la vieja.
Le pidió a la octogenaria que fuera lo más elegante que pudiera, y ella salió de casa con un traje ridículo, casi apolillado y que seguramente habría resultado ser un traje de gala en algún tiempo lejano.
Julietita tenía miedo, su condición de señorita no le permitía no sentir culpa al ir a la casa de un hombre que vivía solo.
En el cuarto, Julietita le pidió a Solís que la desvirgara, pues estando cercana de la muerte quería irse de este mundo sabiendo cómo era tener un hombre dentro.
A Solís, ese pedido que sonaba a súplica de quien está en su lecho de muerte, le causó un agobio tan inmenso que los oídos se le taparon. La imagen de penetrar a uno de los maricones de la calle invadió su mente, solo podía oír sus risas, sus tacones golpeando el pavimento de un lado a otro, y ver, como en una película vieja y muda, a la anciana que estaba debajo de él.
Solís cubrió con sus manos la boca desdentada de la mujer que no dejaba de gritar aterrorizada desde que el hombre comenzó a sacarle los calzones. Juan Solís estaba como endemoniado, sin poder oír, sin poder sentir otra cosa que el agujero que imaginaba estar rellenando. Veía, en el rostro de la vieja, la cara de “La Janis”, gritando de placer, rogándole por más, con una voz femeninamente impostada que Solís estaba orgulloso de poder arrancar.
El caos pronto terminó. La vieja se desmayó y Solís totalmente demente comenzó a llenarla de elogios. “Siempre quise tener uñas tan hermosas como las tuyas, así… pintadas de rojo… mi Janis, mi Janis”. Solís se acercó a la anciana que seguía desmayada. Le tapó la boca con una camiseta de Galletitas San Jorge y le cortó la oreja con un cuchillo.
“¡Qué rojo tan intenso! Mis uñas sí que quedarán hermosas… rojas, brillantes. Como papá nunca me dejó tenerlas”.
La fuente de donde obtenía el rojo intenso ya se había secado. Solís tuvo que abrir otro canal. Ni las orejas ni los dedos cortados chorreaban ya sangre, lo habían hecho mientras la mujer estaba viva, pero ahora todo su manantial se había secado de golpe.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Buena Mano

Sus ojos biliosos y opacos causaban escalofríos, no por la expresión de bestia enloquecida que llevaban, sino porque parecían ser el portal que encerraba a la propia muerte.
Olía a hollín. Había pasado toda la madrugada arrancando la hierba mala, reuniéndola y quemándola. Su mujer, vigilaba desde el umbral de la casa que terminara el mandado.
Él ya no la oía, sabía, sin embargo, qué significaban sus gestos. Tenía una manera de pedir, imponiéndose, que lo desesperaba, y esta sarta de encargos no habían cambiado mucho desde aquella primera vez que lo mandó a pintar las macetitas abandonadas en la parte trasera de la casa –labor que en ese entonces y hasta ahora, le pareció totalmente inútil y poco práctica.
Esa mañana florearon los limoneros que habían estado esperando. Era un día tibio y la mujer de Jacinto Bonifaz, sentada en el sofá, se había dejado ganar por la modorra mientras doblaba los pañuelos, que la noche anterior le había pedido que bordara al buenote de su marido.
Ese olor de los cítricos le trajo a Jacinto, desde el galpón de su memoria, los sueños abandonados de su juventud. Él no había querido para sí esa vida. Su anomia se transformó en resentimiento, pronto en ira y podría decirse que hasta en odio, aunque no contra su mujer, realmente, sino contra la suerte que la vida le había reservado.
Empuñó con fuerza la pala con la que se encontraba cavando el pozo para construir el pequeño sótano que su mujer le había encargado hace unos días. Se dirigió hacia la casa, se acercó a ella tan sigilosamente como un gato lo habría hecho, y le propinó a la inocente un golpe seco en el cráneo, causándole una muerte sin aspavientos.
Arrastró el cadáver hacia el pozo y lo enterró. Dejó las herramientas sobre el montículo y fue a darse un baño calmado, como hace mucho que no se lo daba. Se puso la bata de dormir y las zapatillas de cama y vio la televisión hasta que el hambre le pidió que preparase un par de huevos revueltos con salchicha y queso, salpicados con una pizca de orégano, un receta que se le había ocurrido una de esas mañanas en que hacía todo para todos, menos para él mismo, según sus propios sentimientos.
Muy temprano, a la mañana siguiente, lo despertaron los ladridos de unos perros. Su intuición y sin duda, algo de culpa acabaron con su adormecimiento dominical. Pudo oír también el sonido de unas sirenas. “Me buscan”, pensó.
De inmediato encendió el fuego de la parrilla y preparó el aderezo rojo a base de ají colorado y ajo.
Era común en esa región preparar asados en días festivos. Comenzó a desenterrar el cadáver de su mujer y lo trozó lo más rápido que pudo con la cortadora que usaba para las reses, luego le quitó los restos de tierra.
Sin ningún tipo de angustia, aunque con el rostro encendido y lleno de sudor por el esfuerzo físico, colocó las carnes a remojar en la tina que contenía los aderezos.
Tres horas después, las carnes reposaban en unas fuentes, habían adquirido una perfecta cocción, un maravilloso color y un delicioso aroma.
Los inspectores llegaron a casa del buen Jacinto. Él los invitó a pasar a su pequeño terruño, les alcanzó una sillas y continuó calentando las carnes mientras echaba a la brasa también algunas papas.
Jacinto estaba tranquilo y le contaba a la policía sus secretos para hacer una buena parrilla o un asado en su punto. “La selección de la carne, por ejemplo, es fundamental”, decía, “así como la calidad del fuego y la paciencia”.
Los policías se miraban entre sí. Para no perder más tiempo, decidieron preguntar por aquello que los había llevado hasta ese pueblo.
“Señor Jacinto, ¿ha oído hablar de ‘lavado de dinero’ por esta zona?”. Don Jacinto que era hombre de campo y que no tenía la menor idea de lo que la policía estaba hablando, contestó serio: “Aquí no nos preocupamos por esas cosas señor jefe, aquí entregamos el dinero así nomás, sucio, como esté, si igual con las manos de trabajo se va a terminar ensuciando”. La policía se dio cuenta que Jacinto no iba a poder brindar ninguna información valiosa, así que rieron un poco con éste, le aceptaron un vasito de buen vino y un plato de asado.
Los perros de los inspectores también gozaron del banquete, el fuerte aroma del ají y del ajo habían distorsionado las reales cualidades de la carne que los hombres engullían.
Los inspectores se alejaron con la panza llena y felicitaron a Jacinto por su buena mano. Era la primera vez que lo felicitaban por algo.

martes, 10 de junio de 2008

El santito descuartizador

A Demetrio Huachano nadie le pregunto nada. Lo cogieron de los pelos y se lo llevaron para amarrarlo en el asta de castigos.
Él se sacudía alunado y babeando como un perro rabioso. Caras desconocidas llenas de ira lo rodeaban, gritándole, escupiéndole como un carrusel de odio. Le quebraron a palos y piedras las costillas hasta que una de las tantas piedras le apagó los ojos y otra, casi inmediatamente, la vida.
Desamarraron al desgraciado del palo que lo sujetaba. Su cuerpo desnudo, apestoso y sanguinolento cayó desparramado. Una lluvia de patadas lo siguió reventando como si quisieran matarlo aun después de la muerte.
Demetrio Huachano había escapado de las matanzas de su pueblo y de la visión de su madre siendo partida a balazos. Su retardo metal no le impidió huir. El instinto le había bastado para llegar a duras penas hasta Lima y buscar a la madrina que nunca llegó a hallar.
Con toda su mala suerte a cuestas logró refugiarse en una covacha abandonada en uno de los cerros de un asentamiento de Collique.
Pronto los niños del lugar lo invadieron para molestarlo y aventarle basura. Demetrio se enfurecía, arañaba el aire, los ahuyentaba a gritos, así que a uno de los pobladores se le ocurrió atarlo porque lo juzgaba peligroso. Interdiariamente le dejaban comida a su alcance.
Demetrio logró escapar y se refugió nuevamente por la zona, compartiendo terreno con los alacranes, aprendió de ellos a mantenerse a la defensiva. No entendía que no hay veneno que acabe con la mala saña del hombre.
Varias lunas y soles pasaron cuando el asentamiento se vio aterrorizado con las repentinas y sucesivas muertes de jovencitas que aparecían entre los cerros violadas, golpeadas y con los tobillos quebrados.
Durante meses se buscó al asesino o asesinos. Nadie recordaba al salvaje retardado desaparecido hace ya buen tiempo.
Demetrio estaba aterrorizado pues él había visto desde uno de sus escondites al torturador destrozando a una de sus víctimas, pero no supo que hacer.
Esperó a que este se fuera, después de un par de horas se acercó a la muchacha. Demetrio gemía, solo en el mundo como estaba ¿a quién pedirle ayuda? En cuchillas miraba a la infeliz y sólo después de mucho se atrevió a tocarla.
Uno de los pobladores integrantes del grupo que intentaba encontrar al monstruo violador lo vio y pasando la voz de alarma a sus compañeros empezaron la cacería contra Demetrio.
Pero ya no había más que hacer, ahí estaba el acusado, inerte calmando los odios de los pobladores con su muerte.
Las matanzas continuaron por buen tiempo hasta que la policía logró descubrir al verdadero criminal, quien se libró de la prisión para recibir tratamiento psiquiátrico.
Los castigadores de Demetrio Huachano sintieron la culpa sobre sus hombros. Uno de ellos, juró mil veces que el alma de este se había aparecido en su casa dándole un mensaje de perdón para todos quienes lo martirizaron y que además le curó una sarna que tenía entre las piernas.
Los pobladores le construyeron a Demetrio una gruta y lo empezaron a llamar “El santito”.
La gruta recibe diariamente una muchedumbre de mutilados y enfermos que esperan un milagrito.Hoy no hay en dicho asentamiento quien no le rece o pida un favor a “El santito Demetrio” y sobre todo que les libre a los hijos de las maldades de la gente.

Electra y los diamantes brillan por la noche

Electra abrió los ojos, echada en el césped recordó su último viaje intergaláctico.
Tragó saliva y oliendo la hierba fresca se relajó tanto como una hoja otoñal. La sensación de tener dentro suyo al universo entero, infinito, la alucinaba y la agobiaba de tal manera que por momentos la garganta se le cerraba como un nudo marinero.
Su cuerpo flotaba y se zambullía, temblaba y se paralizaba, todo al mismo tiempo en un santiamén. Un bramido rebotaba entre sus oídos, se disparaba por sus ojos hacia la inmensidad y caía violentamente entre los árboles en donde se perdía como una escurridiza ardilla de fuego.
Una cinta color turquesa se enredaba a una alfombra tejida de estrellas. Nadaba culebreando. Ella la vio, quiso alcanzarla, casi lo logra a pesar de la pesadez de su brazo.
El cielo reposaba en el borde de sus labios y a ella no le hacía falta más que lanzar cortos resoplidos para hacer que este manto de oscuridad y ocurrencias iluminadas volvieran a envolverlo todo.
Este viaje había resultado más largo que el anterior -se dijo reacomodándose lánguida en su colchón de verde pasto.
La suavidad que sentía sobre la piel de su vientre hacía que su mano de deslizara como enjugada. Recordó, entonces, el jugo de mango que su hermana solía preparar en tiempos lejanos y menos traidores.
La noche había sido buena anteayer como hace mucho que no y ella sólo había querido repetirla. Se apretujó en el vestido plateado que era su preferido porque salía pronto de su cuerpo y así todo acababa más rápido.
Esa noche se les adelantó a sus compañeras. La calle se veía medio sola sin las brillantes y pálidas mujercitas dando vueltas alrededor de algún poste de luz, riéndose a carcajadas, provocando, prometiendo.
Electra recorrió la acera no más de veinte minutos. Los focos de los autos que transitaban por la avenida convertían el plomizo de la ciudad en un segundo cielo. Uno de ellos se detuvo junto a Electra. Ella batía su carterita roja. No aceptaba regateos. Pronto se esfumó en el auto pagano.
Algunas estrellas parecidas a Electra empezaron a encenderse por aquí y por allá dentro de la misma calle de la que esta, hace poco, se había marchado.
Algo fuera de los planes sucedió, algo fuera de los planes de lo que sería la maravillosa noche de Electra.
Una hora después, un chirrido de auto interrumpía el silencio del parque que marcaba el inicio de la bajada a la playa.
De él era arrojado un gran paquete, uno con las dimensiones de Electra, con el rostro de ella y con lo que le quedaba de alma.
Electra apenas podía pronunciar palabra. Vio la noche estrellada con la pasión con que se mira un sueño que podría ser alcanzado.
Su vientre estaba ensangrentado, ella empuñaba con ferocidad el cuchillo que había logrado desprender de sus tripas. Sonreía disipada de su tragedia. La gente se acumuló en el pequeño espacio que ella y su espectáculo habían acaparado.
Es la chica que da vueltas en la esquina, mejor no la toquen -decían algunos- ya no se sabe con tanta enfermedad que hay por ahí.
Los diamantes que esperaba alcanzar Electra con sus manos, le fueron alejados. Alguien le puso el periódico de la mañana sobre el rostro.

lunes, 26 de noviembre de 2007

La caza infrahumana

"Y tras devorar por dentro todas las entrañas de su anfitrión
Se tornó en calmo demonio.
Sabía que pronto escaparía de ese esperpento
para continuar con su danzar de concupiscencias".
(Inscripciones en un cuerno enterrado)

1

Concepción es un pueblo alejado de todo aquello que podría entenderse como civilización. Las normas están pautadas por sabidurías populares que han sido transmitidas de generación en generación. La gente del lugar es quizá, la que más refranes, fábulas y moralejas conoce en el mundo.
Quien no responda a estos conocimientos virtuosos en Concepción, es considerado un degenerado y en contra de su voluntad, convertido en un anacoreta.
Un eclipse de sol estaba próximo a ocurrir, es sabido para este pueblo perdido que, donde interviene la luna suceden cosas extrañas y se generan cambios no solo en las aguas, sino en los animales y en los seres humanos, sobre todo en las mujeres preñadas, pudiendo arriesgar la estructura genética del feto. Esto se resumía claramente en un refrán muy repetido por las viejas: “Luna llena nos visita y en el vientre una jorobita”.
Llegado el día del eclipse, todos sin excepción se refugiaron en sus casas, cerrando ventanas y persianas. Por ahí, quedaron en la calle algún que otro borracho, quizá algún anarquista y Fabiana, conocida como La lunareja, por una enorme verruga que llevaba junto al labio, en el lado izquierdo de la cara.
La lunareja era una especie de oveja negra en Concepción, llevaba un embarazo sin firma, padecía de sordera y trabajaba lavando ropa a cambio de 10 chepas, la moneda nacional de aquellos años, antes de pasar por la crisis inflacionaria que inventaría los coloches, daríos, cemerines y paculíes. Su padre, era ya muy anciano con un cuerpo que más bien lo convertía en una especie de cosa que respiraba, sin perder la esperanza por una muerte definitiva.
El eclipse sucedió, La lunareja pudo presenciar el maravilloso espectáculo. Nada extraordinario había ocurrido y la vida en Concepción prosiguió entre su marasmo natural y los espasmos eventuales provocados por algún visitante ilustre.

Las semanas, los meses corrieron. La lunareja cruzaba por la plazoleta con un enorme balde de madera lleno de agua, cuando fue atacada por los dolores de parto. Cayó al suelo. Una vieja que se apiadó y uno de los comerciantes de la zona, ayudaron a la parturienta. El bebé nació con buen peso y buen semblante. Los miedos del nacimiento de un anormal, se esfumaron.
Al crío lo bautizaron a los dos días de nacido con el nombre de Robespierre, porque al momento de llenar la solicitud era ese el único nombre no común que se le cruzó por la cabeza a la madre, impresionada por las historias de revolución francesa que había leído en la humilde biblioteca municipal.

2

Robespierre no había dado muestras de anormalidad hasta que adquirió, como ha de esperarse, los primeros cambios de maduración sexual. El falo de Robespierre crecía de una manera descomunal cada vez que salía la luna y lo invadía la lascivia, y mientras mayor era su deseo, aquel taco carnoso y corpulento aumentaba aun más sus proporciones, como si no tuviera un límite que pudiera detenerlo.
Durante sus primeras experiencias autoexplorativas había logrado tener una extensión de 60 centímetros de largo, pero el peso y el dolor que le causaba el repentino crecimiento, cortaba las sensaciones de placer en el que empezaba a perderse.
A los 16 años, Robespierre abandonó Concepción para viajar durante 12 horas a la ciudad más próxima, quería ingresar al Seminario, recibir formación de cura, que tan bien se veía que vivían. No tenía una idea clara de cómo podría lograrlo pero llegar por lo menos a una ciudad que le hiciera olvidar su categoría de pueblerino, ya lo motivaba lo suficiente.
Trabajó los primeros meses como jardinero en casas de gente adinerada, el comerciante que había ayudado a su madre con el parto, le había dado algunas referencias para ir en busca de trabajo.
Fue justamente en una de esas casas en donde Robespierre inicia sus amoríos ocultos con la ayudante de cocina de la mansión. Él, verdaderamente había querido evitarlo pero ella veía en la hinchazón del muchacho una promesa de diversión que no podía dejarse pasar –Hay que ser muy mezquino para tener semejante erección y negarse a compartirla-.
Robespierre entró al dormitorio de ella una de esas noches. La luna era hermosa y plateaba toda la hierba del jardín que bien se podía observar desde la ventana del cuartito de servicio. Ella lo esperaba vestida de deseo.
Sin mucho preámbulo, él quedó vestido igual que ella. El ingreso de su aparato fue difícil, pero cuando el deseo se convierte en angurria, no hay dolor que valga ni miedo a morir en ese instante, podría firmarse una carta en blanco y hacerse cualquier promesa por descabellada que pareciese.
Los ojos de la mujer se tornaron en dos huevos duros, la vena de su cuello se hinchó como si una serpiente de carne y fuego estuviera oculta bajo su piel arrastrándose, su lengua se sacudía batiente. Para cualquiera, esta imagen hubiera sido de alguno de esos espantosos monstruos mitológicos, pero para aquel que genera la transformación y que en ese momento se convierte en su amo, era la encarnación de la belleza sublime.
Las angurrias de un mayor placer aumentaron hasta hacerle perder a Rosbespierre el conocimiento. Al despertar, el cuarto era la escenificación de un holocausto.
La sangre cubría las paredes, la mujer goteaba sangre por la boca, los oídos, los ojos desorbitados, por la vagina y el ano, no había en suma, un solo hueco por el que su sangre no escapara. Probablemente varios de sus órganos habían sufrido una perforación brutal.
La madrugada era cómplice y Robespierre pudo escapar de aquella casa sin ser visto dejando tras de sí, lo que para un ser normal habría sido no más que una “canita al aire”.
Viajó durante 5 horas a un pueblo vecino y sin importancia en el mapa, para refugiarse en el cuarto de un hotel recordando maníacamente lo ocurrido.
Lo que hace unos días lo estremecía de terror, ahora lo hacía de gozo. Verdaderamente la imagen de aquella mujer desprovista de alguna defensa y lanzando olores y jugos por todo su cuerpo lo excitaban de una manera enfermiza.
Si bien en un principio, su encierro fue para protegerse de una captura, ahora ya no era por castigo ni por miedo, era porque quería continuar extrayendo todo el placer que pudiera de ese recuerdo.
Pronto se le acabaron las reservas memorísticas y salió a explorar la región por nuevas víctimas.
Así inició un recorrido sanguinario, casi con la lengua afuera como si se tratara de una bestia rabiosa. Y a la fuerza o con artimañas terminó literalmente empalando con su arma sexual a cuanta mujer –en un inicio- pudiera. A falta de ellas no se limitó ni con los hombres ni con animales vagabundos.
Comenzó a llamar la atención de las autoridades que no quisieron darse mucho trabajo de buscar al asesino porque las víctimas no pasaban de ser ladrones, cafichos, prostitutas, adictos, mendigos, niños abandonados, animales sin dueño.
Todos encontrados de la misma manera en que fue, seguramente, hallada la muchacha de la mansión: reventados en sangre y semen.
-Por qué podría ser yo más culpable de usar a estos miserables que los empresarios y gobiernos explotadores- trataba de disculparse ante sí mismo cuando las imágenes no lo dejaban dormir culpándolo de haberles extraído la vida solo para ser usados como objetos de placer.
En ese ir y venir Rosbespierre llegó hasta los 35 años, siempre de un pueblo a otro, de una ciudad a otra, viajando en tren, en barco, a pie. Adoptando una postura de hombre fino porque de ellos no se sospechaba nunca, dictando clases particulares de gramática y haciendo amistades entre familias de comerciantes caudalosos. Robespierre cuidaba mucho las relaciones que iba construyendo estratégicamente, porque era una manera de aparentar que sus víctimas estaban muy distantes de su círculo.
Robespierre se hizo, además, asiduo comprador de perfumes y menta líquida para apaciguar el sabor y el olor de sangre que sentía constantemente en el paladar y en la piel, y que empezaba a causarle asco. Si no fuera por el placer que le procuraban todos esos gestos de muerte irrepetibles combinados con el placer que tenía -además del sexual- del sentirse poderoso y dominante, se habría vuelto loco, pensaba- o ¿acaso ya lo estaba?
X llegó a su vida a fines del segundo equinoccio cuando suelen suceder casi todas las desgracias. El aspecto de X era el de una fragilidad agobiante. Robespierre desde el primer momento en que la conoció se sintió responsable de su cuidado. No podría permitirse que algo le sucediera. La muchacha era muy delgada y pocas veces abandonaba su silla de ruedas.
La pasión de Robespierre partió de una especie de lástima, que se convirtió en compasión y que concluyó en algo que podría parecerse al amor.
Él temía que la luna mezclada con su sentimiento de pasión le jugara una mala pasada y empezó a desquitarse con mayor continuidad, los deseos originados por X, usando como carne penetrable a cuanta mujer por las calles se la recordase de alguna forma.
Pero el enamoramiento hace ver visiones y en realidad, las mujeres atacadas podían ser de cualquier tipo, sin que necesariamente haya un parecido obvio entre X y las víctimas.
Si bien Robespierre había iniciado un camino sin retorno, ahora su locura ingresaba a niveles descontrolados que ni él mismo podía ya disimular frente a sí, a punto de explicaciones indulgentes sobre sus actos.
La prensa de la época comenzó a difundir las fotografías de las más de 1230 víctimas asesinadas por Robespierre y la policía comenzó con las redadas. Robespierre sabía que tenía poco tiempo antes de ser descubierto y estaba agradecido, de cierta manera, porque no sabía cuánto más soportaría reprimir sus instintos contra X.
La última noche, según se supo después por un informe policial, Robespierre habría entrado a casa de X, robado de la ropa sucia ciertos paños que la muchacha usaba durante sus periodos menstruales y sin llamar la atención, habría vuelto de inmediato a su refugio en un hotel del centro que no llevaba ni nombre ni tenía permiso de funcionamiento.
En este, Robespierre se habría por sí mismo cercenado el miembro viril dejándose morir desangrado, mientras se abrazaba a los paños de la señorita en cuestión, de quien también se pudo hallar un dibujo de su rostro, hecho con algún tipo de objeto punzocortante, en una de las paredes del cuarto.